23 diciembre, 2015

Alumno y cliente, en el mejor sentido de la palabra

Serious student listening attentively during lecture in the classroom

Hace pocos días he recibido un correo de una seguidora de mis vídeos en Youtube en que me hacía una reflexión muy interesante sobre el hecho de que yo utilizo la palabra “cliente” cuando me refiero a mis alumnos. Ella estaba al borde la indignación y me decía prácticamente que yo les faltaba al respeto a los maestros y profesores al “mercantilizar” su tarea. Creo que después de un interesantísimo intercambio de mails, de varios mails, la he convencido que esa no es mi intención.

Me explicaré. Yo soy un apasionado del mundo del márquetin y la publicidad. Me encanta. Me parece muy educativo para los que educamos y me gusta ver cómo está en constante evolución y cómo siempre está descubriendo herramientas nuevas, originales y creativas para conectar con el cliente. Tengo la suerte de dar clase de esa temática como consecuencia de esa pasión y de lo bien que me lo pasé estudiando todo eso en la carrera de Comunicación Audiovisual, gracias a profesores que me hicieron abrir los ojos a todo un mundo inabarcable de gente creativa, ideas originales, sorpresas divertidas y pasión constante. Como eso me apasiona tantísimo y creo que llevarlo al mundo de la educación sería algo fantástico, intento convencer a los que nos dedicamos a la enseñanza de que pensar en nuestro alumno como un cliente nos obliga a estar muy pendiente de él o de ella, a no tratarlo como no nos gustaría que nos trataran, a atenderlo tan bien como nos gustaría estar atendidos, a divertirlo como queremos divertirnos y, sobre todo, a darle lo que ha comprado, ni más ni menos.

 

Cuidar al cliente es algo fundamental en cualquier profesional, en cualquier idea de negocio, así que no veo porqué nosotros no debemos cuidar igual a nuestros alumnos. A mí la palabra cliente no me parece que tenga ninguna connotación negativa, ni la más mínima. No creo que lo rebaje ni un milímetro de su extraordinario papel como alumno, al contrario, lo eleva la una categoría superior; es aquel al que jamás podemos fallar, aquel del que dependemos, aquel para el que trabajamos.

 

Yo les digo a mis alumnos que son mis clientes y que deben reclamarme el máximo de calidad de mi trabajo. De la misma manera que si voy a un restaurante no toleraré que la copa esté sucia o la comida reseca, no quiero que toleren clases sucias o resecas, poco elaboradas o preparadas con productos que no sean los mejores. Las clases deben estar pensadas para que el alumno, el cliente, disfrute de una experiencia inolvidable. Ni más ni menos. Y les exijo que me lo exijan. Quiero que se quejen si no lo hago bien, si mis clases no consiguen hacerlos brillar, que se enfaden conmigo si no cambio lo que no funciona, que me digan cómo quieren que conecte con ellos. Y lo hacen. Y cuando lo hacen tengo la oportunidad fantástica de mejorar la relación con mi cliente, de darles un servicio de mejor calidad.

 

Eso no significa, ya lo aviso, que yo no haga lo que hay que hacer, que yo no explique lo que hay que explicar –poco, la verdad-, que yo no enseñe lo que hay que enseñar y que no aprendan lo que han de aprender. Soy muy exigente con mis “clientes”. Mucho. Puedo serlo porque ellos son muy exigentes conmigo. Como diría Aníbal Lecter, el asesino del silencio de los corderos, “Quid pro quo”, Algo a cambio de algo. Cuidemos a nuestro cliente y él nos cuidará a nosotros.

 

Jaume Josa. Diciembre de 2015

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